La sopa. Una historia privada.

Vídeo de la sopa.
La sopa. Una historia privada.
Video, color.
7´32´´
2003

En este video, Raymonde Lévy, mi abuela, aparece preparando una sopa de verduras. Habla acerca de la comida que le servían en Berguen Belsen, campo de concentración donde estuvo un año, y del cual se escapó. Es un relato de vida protagonizado por la memoria de mi abuela, que sigifica en el presente un homenaje a la vida. Para acompañar este video que se presentó en San Ildefonso en el 2003 dentro del marco de la exposición Zona Ilimitada, hice un performance con mis amigas: preparamos la sopa de mi abuela para 200 personas y la servimos el día de la inauguración.
https://www.youtube.com/watch?v=rtxNzc10lGI

06 la sopa, una historia privada

08 A Mónica Dower

Performance de la sopa

07 B espiral

documento visual, espiral

Nota Mónica Mayer pag 1

Nota Mónica Mayer pag 2
LA LLAMADA Y EL LEGADO. VIDEO INSTALACIÓN
DE MÓNICA DOWER
por Luis Rius Caso
Del duro suelo de la Historia nos llegan de vez en vez testimonios de sobrevivientes, historias singulares de personas que libraron el horror de holocaustos y de diferentes dispositivos puestos en marcha por los poderes absolutos, en su larga trama de “pena, polvo, angustias y agonías” (escribió Borges). Aquí y ahora, dichos en palabras o en imágenes, estos testimonios se insertan en otras memorias y encarnan en otros cuerpos y otras voces que, a su vez, libran diferentes luchas en el duro suelo del presente.
El conmovedor relato de Raymonde Lévy toca de cerca a Mónica Dower, se escribe y se fija con su propia sangre en el cuerpo de su obra. Ésta, a su vez, parte del evento singular significado por el relato de su abuela y se extiende en un horizonte simbólico significado por múltiples historias de mujeres, similares entre sí en el hecho de haber sorteado o transgredido muy diversos patrones de sujeción genérica, política, racial, cultural. No todas las historias con las que se conecta la de Raymonde Lévy remiten a una experiencia de sobre vivencia física. En muchos casos, lo que sobrevive es una obra, una trayectoria, un acto, un gesto…, un nombre.
Toda sobrevivencia que se recuerde se narra en los términos del “erase una vez…” Erase una vez una mujer, un hombre, una niña, una hada, un conejo, un árbol que se salvó… Erase una vez alguien que logró escapar: saltar a tiempo del tren de la muerte, escabullirse en el bosque…Convertirse en ave, sombra, nube, fusil, o en invisible que atravesó el alambre de púas, el castillo, la cárcel, los túneles mordidos por el odio… Erase una vez alguien o unos cuantos cuya salvación deviene gesto de esperanza, milagro posible en la arcadia del presente. El “erase una vez” establece el tiempo humano, la historicidad: lo que era ya fue pero sigue siendo porque lo recordamos y lo recreamos; también será, mientras alguien lo rememore en el futuro. Esta historicidad se construye con el sustento de lo verídico –de lo que realmente ocurrió— pero también con elementos poéticos y ficcionales (expresados en metáforas, símbolos, alegorías…) cuya función es la de subrayar este sustento, esta dimensión ontológica del suceso.
La historia de Raymonde Lévy nos brinda esperanza porque nos sitúa en el ámbito de lo posible y no de lo utópico; en el terreno donde se verifica, asimismo, su cruce virtual con múltiples historias de vida, fraguadas en la verosimilitud de lo vivido. En este propósito, la estrategia representativa de la artista permite que dicho tema se marque como una huella que en principio fija su cualidad singular, y luego su cualidad simbólica, al confundirse con múltiples huellas (nombres) que va marcando una espiral infinita. En este tránsito de lo singular a lo simbólico participan todos los elementos de la video instalación, que se afirma así como una propuesta de lectura metafórica y alegórica de la memoria y de la historia.
Congruentes con esta intención, las tres mujeres que simbolizan a las protagonistas del relato y a tantísimas más, asumen un papel propiamente representativo: están ellas ocupando su lugar pero también están en lugar de otras, a las que representan con posturas y gestos deliberadamente elegidos para transmitir al observador un mensaje preciso. Los diversos efectos, plenamente logrados, también participan de este montaje dirigido: la indumentaria, el impacto del viento en el cabello de las mujeres, el estremecedor sonido de la sirena de alarma, la lágrima surcando una mejilla, la gratificante irrupción de los pétalos de rosa, su ambivalencia final, el clima que recuerda el desasosiego previo a la llamada.
En su relación con lo singular, lo simbólico no sigue en el segundo video el mismo código representativo, ya que es la misma Raymonde quien lo ocupa. Aquí el discurso es natural y casual, marcado en todo momento por un tono familiar que pareciera indiferente a la intromisión de otras miradas. Una de las notas simbólicas dominantes se refiere a la trasmisión oral de la receta de la sopa, hecha por la abuela a la nieta: legado que significa a la sobrevivencia en el ser propio y en el ser del otro, heredero de la sangre y de los signos que se multiplican en los rituales íntimos y colectivos, que celebran el milagro de la vida.
Así, pues, la intención de la artista no es de carácter narrativo-realista ni tampoco situacionista. El dramatismo del tema no es subrayado por imágenes sobrecogedoras, sacadas de holocaustos actuales o de crónicas visuales de guerra, por ejemplo (lo cual tenemos ya naturalizado) ni tampoco por equivalencias icónicas de exultante obviedad. Por el contrario, el trabajo de Mónica Dower apuesta por una mayor sofisticación conceptual que re-sitúa a la dimensión estética en un horizonte connotativo, de significados que se aportan a lo representado. Los hermosos pétalos de rosa que de pronto irrumpen en la escena, por ejemplo, afirman una nota cuya pertinencia se entiende por la relación semántica que establece en diversos niveles con el contenido, significado por un discurso que se construye a partir de una búsqueda de sentido (esperanzador) de la historia y de las construcciones de memoria.
De una obra con tal poder de significación, como tiene la llamada, conviene preguntarse con qué se conecta, para medir sus alcances más allá de lo artístico, y también para valorarla con mayor precisión en su campo de procedencia. Una de sus conexiones posibles –y que resulta apasionante— es con una línea del pensamiento historiográfico contemporáneo, comprometido con la representación simbólica y metafórica de la historia, entendida ésta no como algo dado, externo al historiador, sino como una construcción cultural y subjetiva. Los mejores exponentes de esta línea rompen con el relato lineal y descriptivo, ejercen procedimientos relacionados con la deconstrucción, parten no pocas veces de lo singular (historias de vida) para simbolizar, y practican una escritura que se asume literaria y, en muchos casos, poética. En estos esmeros, la ficción adquiere en sus obras un estatuto equivalente sino es que mayor, al del ilusorio “relato verídico”.
Ejemplos notables en este sentido tienen que ver con nuevas representaciones del holocausto, a manera de fábulas, en las cuales los seres humanos son sustituidos por seres del reino animal que se les asemejan (que son su metáfora) y lo histórico-concreto se trasciende en otros momentos y episodios afines, del pasado y del presente. Otro ejemplo lo constituye el ya clásico libro de Javier Cercas, Soldados de Salamina., en el que el investigador busca con denodada obsesión a un soldado que perdonó la vida a un enemigo durante la guerra civil española, en una situación plenamente novelesca, y al final acaba encontrando a un personaje que, aún cuando no se llega a saber si es realmente la persona buscada, encarna los valores más altos de la sobrevivencia. Lo más relevante es el contenido simbólico que sustenta una posible construcción de futuro, y el ritual del abrazo entre investigador y personaje celebra, al final, la posibilidad del legado.
Al final está la sopa. La sopa preparada por la propia Mónica Dower con la receta heredada de su abuela. Ella la sirve a los presentes en un ritual que celebra nuestro estar aquí por nos-otros y por los-otros. Es un tributo de abuela y nieta a la vida, a los que luchan y resisten, y también una ofrenda de la artista a los muertos, a los desaparecidos que de alguna manera están aquí si los nombramos, trascendiendo con la fuerza del ritual, al crimen que los mató.

Otoño del 2003

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